Odio el calor
Que hace calor no es novedad, pero el cambio que se ha dado en menos de dos semanas de pasar de una temperatura agradable casi otoñal al calor sofocamente actual parece casi una cruel broma.
El ir y volver de la facultad se convierte en un suplicio, y el salir a la calle un reto. Basta con asomar ligeramente la cabeza para acabar una mezcla de empapado y tostado. Abrir una puerta o ventana implica que te golpee en la cara con rudeza un manotazo de aire caliente.
No queda otra que resguardarse en las sombras, ir de lugar en lugar con aire acondicionado y tratar de esquivar la franja de las 12 a las 4 de la tarde para no morir en el acto. Ojalá el año que viene consiga plaza de Erasmus en Finlandia, o algún lugar por el estilo, y esto sea un desagradable recuerdo.